Morticia por su encanto por la oscuridad siempre viste de negro, sea verano o invierno, prefiere las tormentas a tener demasiado sol, adora las flores... ¿quieres saber más sobre ella?
A las afueras de la bulliciosa ciudad de Gijón, en un pequeño barrio lleno de historia y leyendas, vive Morticia, una figura enigmática y solitaria que parece desafiar todo lo que el mundo exterior representa. Mientras los demás habitantes disfrutan de los días soleados, los paseos por la playa y las cálidas tardes de verano, Morticia prefiere refugiarse en la penumbra de su hogar, esperando ansiosa la llegada de las tormentas.
El sol no es para ella. Su resplandor abrasador y su constante deseo de iluminar todo a su paso le resulta casi ofensivo. Morticia encuentra una belleza serena en las nubes oscuras que se acumulan lentamente sobre el horizonte, en la promesa de relámpagos que rasgan el cielo, y en el sonido del trueno que retumba a lo lejos.
El brillo del sol jamás podría compararse con la danza furiosa de una tormenta. Mientras otros buscan la calidez de los rayos dorados, ella encuentra consuelo en las gotas frías de lluvia que tamborilean sobre los tejados, en el viento que sacude los árboles y en la sensación de que el mundo, al menos por un instante, se deja envolver por la oscuridad.
Morticia siempre viste de negro, una decisión que va más allá de la moda. En invierno, su abrigo largo de terciopelo negro ondea en el viento como si formara parte de la propia noche. En verano, cuando los demás se despojan de capas de ropa, ella sigue envuelta en tejidos oscuros, indiferente a la marea de colores brillantes que la rodean. El negro es para ella mucho más que un color; es un símbolo de profundidad, de misterio, de lo inexplorado. Es su forma de estar en el mundo sin someterse a sus reglas.
Pero no todo en Morticia es oscuridad. Su amor por las flores es un secreto bien guardado, aunque aquellos que pasean por Cimadevilla a menudo la han visto sentada junto a la fuente del león, un rincón tranquilo y algo apartado del bullicio turístico de Gijón. Allí, entre las piedras y el suave murmullo del agua, florecen algunas de sus plantas favoritas. Para muchos, las flores son símbolos de vida, de luz, pero para Morticia son testigos silenciosos del paso del tiempo, de la fragilidad y la fugacidad de la existencia.
En la fuente del león, donde las flores crecen al borde del agua, Morticia encuentra un refugio, un lugar donde puede admirar la belleza en su forma más pura. Observa los pétalos delicados y efímeros, los tallos que se doblan bajo el peso de la lluvia, y siente una conexión profunda con esas pequeñas vidas que surgen y desaparecen en un abrir y cerrar de ojos. Las flores, como las tormentas, le hablan de un mundo más allá de lo superficial, de lo que permanece oculto a simple vista.
A menudo, en las tardes de tormenta, Morticia sale de su hogar y se dirige a la fuente. El cielo gris se desploma sobre Gijón, y mientras los demás se apresuran a guarecerse, ella camina despacio, como si cada gota de lluvia fuera un viejo amigo que ha venido a visitarla. Se sienta junto al león de piedra, en medio de las flores, y cierra los ojos mientras el trueno retumba en la distancia.
Para Morticia, no hay mayor paz que esa: el rugido del cielo, el perfume de las flores mojadas y la certeza de que, aunque el sol siempre vuelve, las tormentas son eternas en su corazón.
0 comments:
Publicar un comentario